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jueves, 26 de marzo de 2026

4. ¿Por qué me interesa la Guerra Franco-prusiana?

 1870: una guerra, algunos pintores muertos y el nacimiento de un mundo nuevo 

 Hay guerras que se recuerdan por sus batallas, por sus tratados o por sus consecuencias políticas y sociales. Otras, en cambio, entran en la memoria de algunas personas por motivos mucho más personales o concretos. En mi caso, desde luego, el interés por la Guerra Franco-prusiana no nació leyendo historia política o militar ni estudiando la diplomacia europea, sino al estudiar historia del Arte y descubrir que en ella había muerto uno de los pintores impresionistas que más me interesaban: Frédéric Bazille. 


 Bazille murió en noviembre de 1870, en la batalla de Beaune-la-Rolande, con apenas veintinueve años. Desde luego y por desgracia, no fue el único artista caído en aquella guerra, pero su caso me  resultó especialmente conmovedor tanto por su juventud como porque pertenecía al pequeño grupo de jóvenes pintores que estaban cambiando de forma radical la pintura francesa y que poco después serían conocidos como impresionistas. 

El IMPRESIONISMO — Google Arts & Culture

Su muerte no solo truncó una vida, sino también una posible evolución artística que nunca podremos llegar a conocer. 

A partir de ese hecho casi anecdótico, como - quizás- podría considerarse la muerte de un pintor que me gustaba (al menos si comparamos con lo terrible y destructora que puede ser una guerra en su conjunto) empezó a desarrollarse en mí un gran interés por todas las implicaciones de aquella guerra en concreto (amén de la curiosidad que a diversos niveles me genera esa época en concreto). 

Como hemos tenido oportunidad de ver anteriormente, fue un conflicto relativamente breve, pero sus consecuencias -como he intentado mostrar en las entradas previas- fueron realmente enormes, tanto para Francia como para Europa: Aquella guerra no solo puso fin de forma rápida y trágica al Segundo Imperio de Napoleon III (1), sino que alteró profundamente el equilibrio europeo y abrió una década convulsa en la historia francesa. 

 Cuando Francia declaró la guerra a Prusia en julio de 1870, pocos podían imaginar la rapidez con la que el conflicto terminaría en un total desastre para los franceses. El ejército prusiano, organizado y dirigido por Otto von Bismarck y por el alto mando militar prusiano, derrotó sucesivamente a las fuerzas francesas. 

 El episodio decisivo fue la batalla de Sedán, el 2 de septiembre de 1870, en donde Napoleón III fue capturado junto a decenas de miles de soldados. La noticia provocó el derrumbe inmediato del régimen imperial. En París, el 4 de septiembre, se proclamó la República y se formó, con una rapidez asombrosa, un Gobierno de Defensa Nacional que intentó continuar la guerra, aunque la situación militar era ya totalmente desesperada.

 Durante el asedio de París, que duró varios meses, la ciudad vivió una experiencia extrema (a ello me iré refiriendo, con mucha probabilidad, en sucesivas entradas). Hubo hambre, frío y una tensión política creciente. 

Sitio de París (1870-1871) - Wikipedia, la enciclopedia libre

En ese clima murieron no solo soldados, sino también jóvenes intelectuales y artistas movilizados en el ejército.

 Entre ellos, además de Bazille, se cuentan, por ejemplo, el pintor Henri Regnault (1843-1871), muerto en la batalla de Buzenval en enero de 1871, y otros nombres hoy menos conocidos, como Victor Giraud (1840-1871) o Lucien Anatole Prévost (que siendo embajador francés en los Estados Unidos, se suicidó, en principio, por esta catástrofe nacional): Fueron ejemplos notorios de una generación que quedó parcialmente truncada. 




 La pérdida de talento probablemente no fue comparable a la que se produciría más adelante en la Primera Guerra Mundial (un conflicto de proporciones infinitamente más grande), pero sí fue lo bastante significativa como para dejar la impresión de que aquella guerra había cortado de raíz muchas posibilidades futuras. 

La derrota militar significó también, como he señalado un poco más arriba, el final del mundo político que había dominado Francia desde 1852. 

El Segundo Imperio, que había comenzado con el golpe de Estado de Napoleón III, desapareció en cuestión de días. El emperador fue hecho prisionero y, tras su liberación, se exilió en Inglaterra, donde moriría en 1873. La familia imperial se dispersó, y con ella se desvaneció cualquier posibilidad inmediata de restaurar el régimen bonapartista. 

 Sin embargo, la caída del Imperio, que para algunos fue una buena noticia, no trajo de inmediato lo que se dice estabilidad. La nueva República nacía en medio de la guerra, del hambre y de una profunda división social. El gobierno provisional, en el que destacaban figuras como Adolphe Thiers y Jules Favre, -a quienes ya me he referido en entradas anteriores-, tuvo que negociar la paz con Alemania en condiciones muy duras. 

 El Tratado de Frankfurt obligó a Francia a ceder Alsacia y parte de Lorena y a pagar una indemnización enorme. Aquella humillación alimentaría durante décadas el sentimiento de revancha que no acabaría -si realmente lo hizo- hasta después incluso de la Segunda Guerra Mundial (lo que hace reflexionar sobre las muy malas respuestas que se dan históricamente a muchos conflictos).

 Pero, por desgracia, la guerra exterior no fue la parte final del drama. Éste continúo de puertas adentro.

 París contra Francia: la Comuna. 

 La firma del armisticio no puso fin a la violencia. En la primavera de 1871 estalló en París la insurrección que daría lugar a la Comuna, uno de los episodios más dramáticos del siglo XIX europeo. La ciudad, agotada por el asedio y desconfiando de una Asamblea que estaba dominada por monárquicos y conservadores, se sublevó contra el gobierno instalado en Versalles. 

 Durante dos meses, París vivió bajo un régimen revolucionario que era un popurrí insólito que mezclaba republicanismo radical, socialismo, tradición jacobina y aspiraciones democráticas. Entre sus protagonistas estuvieron figuras como Louise Michel o Louis Rossel (de quienes también he hablado anteriormente): hombres y mujeres convencidos de estar defendiendo una causa justa, pero también atrapados en una situación casi imposible y que no siempre fueron capaces de arbitrar actuaciones justas.

 El final, como era de esperar, fue brutal. 

En mayo de 1871 el ejército entró en París y durante la llamada Semana Sangrienta murieron miles de comuneros. Hubo ejecuciones, deportaciones y exilios. La República que sobrevivió a la Comuna nació, evidentemente, marcada y lastrada por ese recuerdo tremendo. La violencia no fue solo política; fue también humana. Como en la guerra, aquí también se perdieron vidas que podrían haber seguido contribuyendo a la cultura, a la ciencia o al arte

La guerra y la Comuna dejaron una huella profunda en la imaginación francesa. La literatura de la época reflejaría ese clima de derrota, de sufrimiento y de reconstrucción. Victor Hugo, que había vivido el exilio durante el Imperio, se convirtió en una de las grandes voces morales de la República. Aunque Los miserables había sido publicada antes de la guerra, su visión de la miseria, de la injusticia y de las barricadas parecía resonar con los acontecimientos de 1871. 

La imagen de París como escenario de revoluciones, de idealismo y de tragedia quedó fijada para generaciones. Más tarde, el cine retomaría esa misma tradición, recreando una y otra vez el París de las barricadas, de los ideales y de las derrotas. Un mundo que desaparece, otro que empieza.

  La Guerra Franco-prusiana no fue solo un conflicto entre dos países, fue de hecho el final de una época. Con ella desapareció el Segundo Imperio, se proclamó la Tercera República, se unificó Alemania surgiendo un nuevo y poderoso imperio y con él, claro, comenzó un nuevo equilibrio europeo. Pero también se perdió una generación, parte en el campo de batalla y parte en las calles de París. 

 Para mi pensar en Bazille o a Regnault caídos en combate, o imaginar a los comuneros que fueron fusilados o deportados a colonias casi en el fin del mundo, da a aquel periodo una dimensión distinta. La historia deja de ser una sucesión de fechas y tratados y se convierte en algo más cercano: una serie de vidas interrumpidas, de proyectos que no llegaron a realizarse, de mundos que se cerraron para que otros (distintos y quizás mejores) pudieran empezar. Quizá por eso, más que por las batallas o los tratados concretos -que sin duda tienen su importancia-, sigo volviendo a las consecuencias la guerra de 1870. Porque en ella se cruzan la política, el arte y el destino personal de una manera especialmente visible, como si el nacimiento del mundo moderno hubiera tenido que pasar, inevitablemente, por la pérdida (2).

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Notas: (1). Otros de los -muchos- temas que me fascinan son los personajes caídos en desgracia, o las civilizaciones y culturas desaparecidas. Fascinación que se aplica también a la caída de imperios (el romano, el otomano, el austriaco, el francés...).

(2). Hay numerosos libros sobre este periodo histórico, pero estoy leyendo dos que aportan mucha luz en la línea que estoy investigando: 



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