1870–1920: El hechizo de un mundo en rápida transformación.
Hay, dentro del siglo XIX, muchos momentos, personajes y obras que me interesan.
Para mí es, muy probablemente, el siglo más fascinante de la historia por muchos y muy diferentes motivos. Entre ellos, destacaría la extraordinaria intensidad de las transformaciones que se produjeron en esa época, la enorme potencia de sus movimientos sociales y culturales y, por personalizarlo, el particular hechizo que ejerce su estética en mi imaginario.
Con todo, si tuviera que señalar un tramo especialmente decisivo, ese sería el que va de 1870 a 1920: un puente entre siglos realmente prodigioso...y conflictivo.
Cincuenta años en los que Europa -y con ella buena parte del mundo occidental- vivió una aceleración histórica difícil de igualar. Un periodo que comenzó con la Guerra Franco-Prusiana y culminó con las consecuencias absolutamente devastadoras de la Primera Guerra Mundial.
Entre ambos extremos, la civilización occidental, que durante décadas se construyó con una confianza casi absoluta en el progreso (se podría hablar de adoración al mismo)…terminó cuestionándose a sí misma hasta sus cimientos, cuando no abominando de todo el pasado como si éste fuese el origen unívoco de todos los males.
El mundo se acelera...sin freno.
En 1870 Europa entró en una nueva etapa política.
La unificación alemana alteró el equilibrio continental; Francia tuvo que recomponerse tras la derrota con los alemanes; el Imperio austrohúngaro vivía con serias dificultades su compleja dualidad (y multiplicidad); Rusia oscilaba entre reforma y reacción; el Reino Unido, en principio el gran vencedor en el orden mundial, consolidaba su hegemonía imperial.
Sin duda, era el tiempo de los grandes imperios, pero también el de las tensiones nacionalistas que acabarían por fracturarlos.
La segunda revolución industrial transformó radicalmente la experiencia cotidiana.
El acero, la electricidad, el ferrocarril, el telégrafo, el teléfono y, más tarde, el automóvil y el cine -inventos y avances constantes- lograron redefinir el espacio y el tiempo. La ciudad moderna se expandió de forma constante cambiando radicalmente el paisaje urbano; ello supuso, claro, que el ritmo de la vida se acelerase cada vez más; surgieron nuevas clases sociales, nuevas formas de trabajo y, también, nuevas y acentuadas desigualdades.
Nunca antes la percepción del mundo había cambiado con tanta rapidez.
El progreso técnico alimentó, como he mencionado antes, un optimismo casi religioso en la ciencia y en la razón. Pero ese optimismo convivió con inquietudes crecientes ya que el positivismo reinante hasta ese momento empezaba a mostrar grietas y la confianza absoluta en el orden racional del mundo se vio cuestionada por nuevas corrientes filosóficas, científicas y psicológicas (y por algunos charlatanes de postín que tuvieron en su momento entregadas feligresías).
Una explosión cultural sin precedentes
Si algo caracterizó este periodo fue la extraordinaria densidad cultural. En apenas medio siglo convivieron y se entremezclaron movimientos que, en otras épocas, habrían ocupado generaciones enteras.
En la pintura, el realismo dio paso al impresionismo; el simbolismo propuso universos interiores, alegóricos y espirituales; el postimpresionismo, brioso, rompió con la representación tradicional; el modernismo y las vanguardias anunciaron la ruptura definitiva con el siglo anterior e irrumpieron con poderío en el siglo XX. La estética, en algunos momentos, se volvió de laboratorio.
En la música, el romanticismo tardío alcanzó una intensidad desbordante mientras se insinuaban nuevas búsquedas armónicas que desembocarían en la disolución tonal. La ópera, el sinfonismo, la música de cámara y el nacionalismo musical configuran un paisaje sonoro tan expansivo como contradictorio.
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En la literatura, la novela realista convivió con el decadentismo, el simbolismo, el naturalismo y las primeras formas del modernismo narrativo. El individuo se convirtió en centro del drama, mucho antes de que el psicoanálisis lo entronizase allí: la conciencia, el deseo, la alienación, el desencanto...un cocktail completito.
Fue un momento en el que el arte no solo representó la realidad, sino que la cuestionó en profundidad, y se propuso explorarla desde ángulos hasta entonces inéditos. La modernidad no fue solo una etapa histórica; fue una experiencia psicológica.
Movimientos sociales y nuevas sensibilidades.
Paralelamente, el tejido social se transformó con intensidad. El movimiento obrero se organizó; el socialismo y el anarquismo adquirieron dimensión política; el feminismo comenzó a articular reivindicaciones públicamente; se iniciaron grandes debates sobre educación, laicidad y derechos civiles que trascendieron al espacio público.
La mujer moderna emergió como figura cultural y social.
En las artes, en la literatura, en la universidad, en el activismo político. Aunque las estructuras llamadas patriarcales persistieron con fuerza, el periodo que analizamos inauguró un cambio irreversible.
También fue, una realidad innegable, el tiempo del auge del antisemitismo moderno, de los nacionalismos excluyentes y de las tensiones coloniales. La expansión imperial convivió con una conciencia crítica incipiente. El mismo siglo que proclamó el progreso universal produjo formas de violencia ideológica que marcarán el siglo XX.
El hechizo estético
Y sin embargo -o precisamente por todo ello- el periodo ejerce en mí un hechizo de difícil explicación, sobre todo si me atengo de forma exclusiva a los datos históricos.
Hay algo en su estética que me fascina: la arquitectura ecléctica, el modernismo ornamental, los cafés literarios, los carteles art Nouveau, las fotografías en sepia, los cuadros impactantes, los trajes oscuros y los vestidos largos, la mezcla de melancolía y confianza. Me fascina, también, no solo la estética, sino desde luego, la asombrosa cantidad de personas, hombres y mujeres, que aún anclados en un mundo en constantes encrucijadas y desafíos, decidieron vivir su vida intensamente fuera de roles en principio, preconcebidos. Algunos lo consiguieron a pesar de estar inmersos en el sistema que les tocó vivir, otros lo hicieron con un profundo afán de derribar barreras, de traspasar límites.
Es un mundo, visto con la perspectiva de hoy, que parece caminar hacia el abismo sin ser muy consciente de ello, pero que lo hace con una intensidad vital tan extraordinaria que no puede dejar de llamarme la atención. Esa mezcla de optimismo técnico y angustia existencial, de orden burgués y rebeldía artística, de tradición y ruptura, constituye, sin la menor duda uno de los paisajes culturales más ricos de la historia (a pesar de algunas voces que, miopes, solo parecen ver en ese periodo el germen de la "maldad").
1914–1920: el fin de una ilusión
La Primera Guerra Mundial fue una ruptura realmente traumática y de una potencia que cuesta mucho imaginarla hoy, a pesar de haber existido una Segunda Guerra Mundial tanto o más destructiva que la primera.
No se trató solo de la magnitud de la destrucción, sino de cómo se desvaneció una forma de creer en el progreso lineal. El conflicto puso en evidencia la fragilidad de la civilización industrial. La técnica, celebrada como herramienta indudable de mejora humana, se convirtió en instrumento de devastación masiva (una bipolaridad que sigue manteniendo hoy en día).
El mundo posterior a 1918 ya no fue para nada el mismo. Muchos de los movimientos culturales que habían nacido antes de la guerra adquirieron un tono más radical, mucho más desesperado o, también, unos matices irónicos con resabios de debacle. La modernidad entró en una fase distinta: menos ingenua, más consciente de sus sombras (aunque lejos todavía de las deconstrucciones posmodernistas).
Un periodo bisagra
Entre 1870 y 1920 se concentró una verdadera transformación estructural: política, tecnológica, social, artística y mental.
Fue un periodo bisagra en el que se gestaron, sin la menor duda, muchas de las tensiones que definirán el siglo XX. Quizás por eso me resulta tan fascinante. No es solo que se trate de una época brillante (y como todo lo que brilla, con profundas sombras); sino que se trata de una época en la que todo parece estar en juego aunque se revista de fuerza y poderío. Mirar ese medio siglo no es un simple ejercicio de nostalgia, sino una forma de intentar comprender mejor el presente en el que vio. Porque muchas de nuestras preguntas -sobre identidad, técnica, cultura, política o sentido vital- nacieron allí, en ese tramo de historia donde el mundo aprendió a acelerarse… y a dudar de sí mismo.
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