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domingo, 17 de marzo de 2019

Movimientos artísticos: El Neoclacisismo (1750-1815 aprox.).

El neoclacisismo nació a mediados del siglo XVIII.
Los descubrimientos de Herculano (1738) y Pompeya (1748) despertaron una renovada pasión por el arte griego y romano. Teóricos como Joachim Winclekmann sentaron las bases de una forma de ver y valorar el arte que tuvo infinidad de seguidores y también un extraordinario impacto social ya que, de diferentes maneras, duró hasta bien entrado el siglo XX (y todavía "colea" en muchas de nuestras apreciaciones artísticas).
Este movimiento cultural se extendió por toda Europa y Estados Unidos y afectó no solo a la pintura ya que casi todas las parcelas creativas experimentaron su influencia: Escultura, artes decorativas, literatura, arquitectura, moda etc.
En el ideal de belleza y armonía neoclásica primaba especialmente el equilibrio de volúmenes, la precisión y nitidez del dibujo y una casi obsesiva preocupación formal hasta por los detalles más nimios.
Es verdad que con estos presupuestos muchos artistas crearon numerosas obras de gran belleza y técnicamente perfectas pero, a la larga, algunas de ellas resultaron excesivamente frías para el gusto decimonónico y provocaron reacciones contrarias que demandaban mucha más libertad y, sobre todo, sentimientos a espuertas
Los artistas más relevantes de este movimiento fueron:
-G. B. Piranesi (1720-1778)
-Antonio Canova (1757-1822).
-A. Raphael Mengs (1728-1779).
-Jacques-Louis David (1748-1825).
-Dominique Ingres (1780-1867).
-Bertel Thorvaldsen (1770-1844).
-François-Pascal Gérard (1770-1837).
-Jean-Baptiste Regnault (1754-1829).
-Pelagio Palagi (1775-1860).
-Andrea Appiani (1754-1817).
Todas las imágenes y/o vídeos que se muestran  corresponden al artista o artistas referenciados.
Su exposición en este blog pretende ser un homenaje y una contribución a la difusión de obras dignas de reconocimiento cultural, sin ninguna merma a los derechos que correspondan a sus legítimos propietarios.
En ningún caso hay en este blog interés económico directo ni indirecto.




martes, 26 de febrero de 2019

Sophie Anderson (París, 1823-Falmouth/Cornualles, 1903)

Dentro de la pléyade de pintores victorianos que intentaron, con mayor o menor éxito, paliar los horrores estéticos que produjo en distintos medios la industrialización, figura Sophie G. Anderson. Aunque su padre fue un arquitecto francés y ella nació en Paris, se la suele considerar como artista inglesa tanto porque su madre lo era como porque buena parte de su vida la pasó en Gran bretaña y se vinculó con diversos aspectos de la cultura anglosajona. En 1848, huyendo de la turbulenta y revolucionaria sociedad francesa, ella -junto con su familia- emigró a los Estados Unidos.
Allí conoció y se casó con el pintor británico Walter Anderson.
En 1854 se trasladó a Inglaterra y en 1855 ya exponía en la Royal Academy.
Algunos expertos la vinculan al movimiento prerrafaelita, aunque en realidad sus obras beben más en la  típica pintura costumbrista, realista -y académica-, que en los verdaderos presupuestos que intentaron seguir los prerrafaelitas. Abundan en sus lienzos los temas considerados como típicamente "femeninos": retratos de infancia -más o menos idealizados-, damas en distinto grado de ensoñación o de nostalgia, gatitos, pajaritos y maripositas por doquier así como algunos seres medio míticos, medio fantasiosos (sin ser Mrs. Anderson una pintora especializada en el mundo de la hadas (Fairy art), mundo que tuvo adalides mucho más vigorosos, tal y como podremos ver en futuras entradas de este mismo blog). Su arte es el arte amable, kind art, bien ejecutado y con abundantes admiradores en su época.
















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jueves, 14 de febrero de 2019

Movimientos artísticos: Los prerrafaelitas.

A mediados del siglo XIX surgió un nuevo movimiento pictórico en Inglaterra: el Prerrafaelismo.
Fue fundado por tres jóvenes e inquietos pintores que, para renovar el arte, según sus arrebatados criterios, decidieron juntarse en una selecta hermandad: La Hermandad Pre-Rafaelita, PRB (Pre-Raphaelite Brotherhood).

John Everett Millais (1829-1896), William Holman Hunt (1827-1910) y Dante Gabriel Rossetti (1828-1882) quisieron buscar a través de una idealizada mirada al pasado -especialmente de la mítica Edad Media, más propia del Romanticismo del siglo XIX que de la verdadera historia- la autenticidad y la pureza estética que ellos daban por perdida en las formas académicas de su época.







Como es lógico, la nueva manera de ver la realidad que intentaron plasmar en sus lienzos los prerrafaelitas no convenció a todos por igual. Fueron muchos los críticos del momento que despreciaron al nuevo movimiento y que efectuaron críticas muy negativas respecto algunos de sus cuadros hoy más significativos. También, claro, tuvo adalides de la talla de John Ruskin, uno de los popes culturales del momento.

El movimiento, como veremos a lo largo de diferentes artículos, no fue muy prologando (alrededor de diez años), pero su influencia, sí lo fue. 
De hecho, podemos encontrar obras atribuidas a este estilo hasta bien entrado el siglo XX. 
Sin duda, el mundo amable e idealizado que representaban en muchas de sus pinturas tuvo un público fiel y entregado entre sus coetáneos y entre todos aquellos que deseaban encontrar en la pintura un bálsamo para los sentidos más que una herramienta de propaganda o concienciación política. 
Con todo, sería un error pensar que los prerrafaelistas se conformaron con un simple y preciosista decorativismo. 
No, hay, en muchas de sus realizaciones, complejos simbolismos que permiten lecturas profundas, más allá de las implicaciones estéticas más obvias.  




Desde luego, tenemos que reconocer que los pintores que siguieron las pautas prerrafaelistas no fueron precisamente ejemplos de lo hoy consideramos vanguardias; tampoco sus aportaciones al mundo del arte fueron tan arrasadoras como si lo fueron las de los impresionistas y los movimientos pictóricos posteriores, pero eso no debe impedir reconocer que su perfeccionismo casi hiperrealista y sus planteamientos estéticos y temáticos produjeron algunos alardes a valorar muy positivamente.

 También hay que poner en valor su capacidad (al igual que en el caso de los simbolistas y los nabis) para el tratamiento pictórico de esa parcela espiritual -a veces casi visionaria- que reclama el alma humana y que ellos supieron como pocos expresar. Por eso, entre otras muchas cosas, tuvieron y tienen todavía numerosos admiradores y seguidores y las exposiciones que se realizan hoy en día con sus creaciones son éxitos seguros de público.




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Sugerencia de lectura:

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jueves, 24 de enero de 2019

Introducción al arte occidental del siglo XIX. Carlos Reyero. Ed. Cátedra.

El libro escrito por el profesor Carlos Reyero es una excelente guía -necesariamente breve al ser una introducción- para navegar entre las múltiples manifestaciones artísticas de un siglo tan apasionante y variopinto como lo fue el siglo XIX.
En pocos momentos de la historia se ha producido una eclosión tal de estilos, escuelas y creadores.
Desde finales del dieciocho -cuando maduró el cambio de paradigma artístico- hasta prácticamente la Primera Guerra Mundial -tras la cual saltaron literalmente por los aires muchos de los éxitos decimonónicos- los cambios fueron profundos y constantes. La portentosa transformación social que se produjo a impulsos de la industrialización supuso una modificación sustancial en la manera de entender y de vivir todos los aspectos de la realidad.
El autor no pretende profundizar en ello (el libro es un "Básico" aunque sea de Cátedra, no una Summa Artis), pero si es capaz de trazar con mano firme unos rasgos, unos trazos esquemáticos, un esqueleto de la realidad suficientemente certero y preciso como para que el lector sepa cuáles fueron y por qué los puntos esenciales de desarrollo del arte en Europa y además lo hace con un estilo fluido y agradable de leer que incita a la búsqueda y profundización personal (siempre imprescindibles en cualquier tema).
En el libro se analizan, en solo diez capítulos, los elementos esenciales.
La formación del "gusto", modelado por el apasionado re-descubrimiento del arte de la Antigüedad y por las consideraciones apreciativas de los filósofos ilustrados más representativos, sin olvidar el nacimiento de las exposiciones abiertas al público, el auge de los museos y de la historia y crítica del arte. El arte, desde que se convirtió en patrimonio social se movió impulsado por revoluciones (de todo tipo) y constituyó , incluso, en diversos momentos, un verdadero agente de propaganda tanto del poder vigente como de aquellos grupos que aspiraban a obtenerlo y transformar la sociedad. ¡Innegable su peso como herramienta para cambiar mentalidades o transmitir ideas!.
El romanticismo, potente respuesta a las rigideces ilustradas y clásicas, trajo consigo una nueva imagen del artista y del valor de su obra, pero no solo eso: fue el germen de una libertad inspiradora y creativa que derrumbó academicismos y encorsetamientos consiguiendo que el arte se internase por sendas de rápida y constante transformación, a un nivel como nunca antes se había visto.
La industrialización y sus excesos también tuvieron contestación a través de movimientos artísticos que plasmaron su idealización del pasado (más soñado que real). Neo-goticistas, nazarenos, prerrafaelitas, simbolistas.....quisieron dejar constancia de que no todo lo que traía el progreso era deseado y que junto con los cambios constantes también llegaron diversos e indeseables "monstruos".
Con todo, la idea y la vivencia -arrasadora y desconcertante- de progreso permanente, la sensación de que el avance y el poder del Hombre -en casi todos los ámbitos- ya no tendría ya freno, hizo que los artistas europeos inmersos en esa realidad  se preocupasen por mostrar en sus creaciones la constante transformación vital y técnica del momento.

Cambiaron temas y enfoques y también técnicas y modos de ver.
Hay una profunda transformación de la mirada.
El impresionismo que nació en Francia acabó impregnando a los artistas de toda Europa y marcó nuevos caminos de exploración e innovación constante. Se desarrollan las vanguardias.
La eclosión de tantas ideas, el surgimiento de tantas escuelas o de tantísimas teorías estéticas hacen muy difícil las categorizaciones que siempre anhelan los que analizan la historia cultural (y también, por comodidad, los que nos acercamos a ella con reverencial curiosidad) pero, como muy bien señala el profesor Reyero: "ni los estilos, ni los movimientos culturales, ni las grandes teorías estéticas ni las agrupaciones de artistas sirven completamente para encasillar de manera excluyente las obras, los creadores o las aspiraciones de una época. Eso no quiere decir que no deban tenerse en cuenta. Fenómenos como el Neoclasicismo, el Romanticismo, el Realismo, el Esteticismo o el Impresionismo, por ejemplo, han sido y son objeto de análisis, pero no funcionan como sistema de clasificación y menos aún para todas las artes" (p.12).
Reyero tiene la virtud de contarnos la historia del arte del siglo XIX como una historia fluida y profundamente interconectada, lo que hace que puedan intuirse mejor sus complejidades y el por qué de muchas de las cosas en ella sucedieron.
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Texto:  Javier Nebot

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