Si hubiera que fijar un momento simbólico que inaugura el ciclo histórico europeo que
culminará en 1914, ese momento sería la Guerra Franco-Prusiana.
No se trató del conflicto
más largo ni el más sangriento del siglo XIX, pero sí fue uno de los más decisivos.
En
menos de un año -desde el 19 de julio de 1870 hasta el 10 de mayo de 1871- se
alteró el equilibrio continental, se proclamó el Imperio alemán y Francia sufrió una
humillación política cuyas consecuencias trastocarían la vida de los franceses y marcarían a generaciones.
La guerra fue breve, sí; pero sus efectos, profundos y duraderos.
El enfrentamiento comenzó oficialmente el 19 de julio de 1870, cuando el Segundo
Imperio francés declaró la guerra al Reino de Prusia. El conflicto terminó formalmente
con el Tratado de Frankfurt el 10 de mayo de 1871, tras la capitulación francesa.
Tratado definitivo de paz entre Francia y Alemania (Frankfort el 10 de mayo de 1871) - Derecho Internacional Público - dipublico.org
En apenas unos meses, el ejército prusiano y sus aliados germánicos derrotaron con rapidez y
eficacia a las fuerzas francesas. La batalla de Sedan (1 de septiembre de 1870) resultó
decisiva: Napoleón III fue capturado personalmente junto a decenas de miles de
soldados. París fue sitiada durante el invierno y la resistencia francesa terminó por
quebrarse.
La guerra no fue solo una impresionante victoria militar prusiana; fue la demostración de la
superioridad organizativa, logística y estratégica del nuevo modelo alemán frente al
aparato imperial francés. Un pulso entre potencias...que acabó ganando la nueva Alemania.
Las causas: España, diplomacia y equilibrio de poder .
Aunque el detonante inmediato fue la llamada “crisis de la candidatura Hohenzollern”
al trono español, las causas eran más profundas y complejas.
1. El episodio español.
Tras la Revolución de 1868 que destronó a Isabel II, España buscaba un nuevo
monarca.
Entre las candidaturas surgió la del príncipe Leopoldo de Hohenzollern
Sigmaringen, pariente del rey prusiano Guillermo I.
Para Francia, la posibilidad de quedar “rodeada” por dinastías Hohenzollern -al este
en Berlín y potencialmente al sur en Madrid- resultaba absolutamente intolerable.
El equilibrio
continental, ya frágil tras la unificación italiana y el ascenso prusiano, parecía inclinarse
peligrosamente.
La diplomacia francesa exigió garantías de que la candidatura sería retirada. Aunque
inicialmente se retiró, el canciller prusiano Otto von Bismarck manipuló hábilmente el
famoso “Telegrama de Ems”, endureciendo su redacción para provocar la indignación
francesa...y, claro, el orgullo imperial hizo el resto.
España fue el detonante geo-estratégico, pero la tensión franco-prusiana venía de antes.
2. El juego de fuerzas internacionales.
Desde la derrota austríaca en Sadowa (1866), Prusia se había convertido en la
potencia dominante del mundo germánico. Francia, tradicional árbitro del equilibrio
continental, veía con cierta inquietud la posibilidad de una Alemania unificada bajo
hegemonía prusiana.
Napoleón III había intentado obtener compensaciones territoriales (Luxemburgo,
Bélgica) que equilibraran el ascenso prusiano, pero fracasó.
Francia se encontraba
diplomáticamente aislada: ni Austria-Hungría, ni Rusia, ni el Reino Unido estaban
dispuestos a intervenir a su favor.
Bismarck, por el contrario, había asegurado la neutralidad o benevolencia de las
principales potencias. La guerra, en ese sentido, fue el resultado de un aislamiento
estratégico francés y de una paciente e inteligente construcción diplomática prusiana.
Sedan y el fin del Segundo Imperio
La captura de Napoleón III en Sedan (1 y 2 de septiembre) fue un acontecimiento de enorme impacto
simbólico.
El emperador fue hecho prisionero y enviado a Alemania.
Poco después se
proclamó en París la Tercera República (4 de septiembre de 1870).
Napoleón III se exilió en Inglaterra, donde murió en 1873.
Su figura quedó marcada por
la derrota.
La emperatriz Eugenia de Montijo logró huir a Inglaterra antes de la caída del régimen.
Vivió un largo exilio y sobrevivió hasta 1920, testigo casi espectral del mundo que su
marido había intentado dominar.
El heredero imperial, el príncipe Napoleón Eugenio (conocido como el Príncipe
Imperial), murió en 1879 en Sudáfrica combatiendo junto al ejército británico contra
los zulúes. Su muerte selló definitivamente la extinción política del bonapartismo
dinástico.
Versalles: una humillación calculada.
El 18 de enero de 1871, en plena ocupación alemana de territorio francés, los príncipes
alemanes proclamaron a Guillermo I como emperador del nuevo Imperio alemán
en la Galería de los Espejos del Palacio de Versalles.
No parece que fuese una casualidad logística.
Se trató más bien de un gesto deliberado para tener la máxima resonancia política e histórica (y de fatales consecuencias visto con perspectiva).
Versalles simbolizaba toda la grandeza y la hegemonía francesa desde los tiempos de Luis XIV, el ínclito "Rey Sol".
Proclamar allí
el nacimiento del Reich era toda una escenificación de supremacía.
Un mensaje al mundo y,
sobre todo, a Francia: el centro de gravedad europeo se desplazaba hacia Berlín.
La unificación alemana se sellaba no solo con victoria militar, sino con teatralidad
política.
Alsacia y Lorena: memoria, seguridad y nacionalismo.
El Tratado de Frankfurt obligó a Francia a ceder Alsacia y parte de Lorena al nuevo
Imperio alemán, además de pagar una indemnización más que considerable por daños de guerra.
¿Por qué esa insistencia territorial?
1. Argumento histórico-cultural.
Alemania defendía que Alsacia y partes de Lorena tenían raíces lingüísticas y culturales
germánicas. El nacionalismo romántico alemán consideraba que esos territorios
formaban parte de la “comunidad histórica alemana”.
2. Argumento estratégico.
Más allá de la retórica cultural, había un cálculo militar claro: las fronteras naturales del
Rin ofrecían mayor seguridad estratégica frente a futuras agresiones francesas. Alsacia
Lorena se convertía en un amortiguador defensivo.
En el fondo, las estrategias defensivas y socio-económicas marcaban las decisiones político-militares.
3. El error estratégico.
Muchos contemporáneos advirtieron en su momento que esa anexión sembraría un deseo permanente de
revancha en Francia. El “revanchismo” se convirtió en un elemento central de la política
francesa durante décadas.
Lo que Alemania ganó teóricamente en seguridad territorial, lo perdió en cierto modo al generar unas profundas tensiones que minarían la estabilidad del
sistema europeo.
Reacciones europeas.
Un cambio tan radical de poderes en Europa generó, lógicamente, reacciones muy diversas aunque, en general y dentro las complejidades de cada país, se podría hablar de contención.
-Reino Unido mantuvo una posición prudente, observando con algo de preocupación el rápido ascenso alemán, pero sin intervenir.
-Rusia vio con buenos ojos el debilitamiento francés, tradicional rival en algunos
ámbitos diplomáticos.
-Austria-Hungría, aún resentida por la derrota de 1866, evitó intervenir.
-Italia, recién unificada, observó el conflicto como confirmación de que la era de
las monarquías nacionales se imponía.
Pero en general, entre la contención diplomática y la aplicación resignada del dicho "a lo hecho, pecho" la reacción fue de aceptación pragmática: el equilibrio europeo se
reorganizaba, pero no se rompía todavía.
Sin embargo, el nuevo Imperio alemán emergía como potencia dominante continental.
El sistema diplomático europeo entraba en una nueva fase, basada en alianzas
defensivas, rivalidades latentes y tensiones acumuladas.
Un punto de inflexión.
La Guerra Franco-Prusiana no fue simplemente un conflicto entre dos potencias.
Fue el
acto fundacional de la Alemania moderna y el inicio del declive definitivo del
bonapartismo.
Más importante aún, porque de hecho se creó una profunda fractura emocional y política que atravesaría Europa
durante décadas.
La cuestión de Alsacia-Lorena, el recuerdo de Versalles, la
humillación francesa y el ascenso alemán alimentaron una tensión estructural que, en
1914, como bien sabemos todos, encontraría una salida trágica y devastadora.
Si el periodo 1870-1920 es, en cierta medida, un laboratorio de modernidad, esta guerra fue su acto
inaugural.
En ella confluyeron nacionalismo, diplomacia estratégica, ambición imperial,
orgullo herido y cálculo político.
El mundo no sabía aún que acababa de entrar en una nueva era. Pero la arquitectura del
siglo XX empezaba a levantarse sobre las ruinas de Sedan.
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